Desde hace algunos años, el lenguaje en la educación ha estado saturado de acrónimos, tendencias y conceptos que prometen ayudar a resolver los problemas del siglo XXI. De las muchas repeticiones, STEM es definitivamente una de las más comunes. Se encuentra en conferencias, documentos institucionales y sitios de redes sociales. Aún así, más allá de su frase de moda, esto plantea la pregunta básica pero urgente: ¿qué significa exactamente recibir una educación STEM en una colegio? ¿Cómo es la realidad del día a día? ¿Cómo se siente en el aula? Y, lo más importante, ¿cómo se construye?
En primer lugar, STEM no es un laboratorio lleno de cables, y no parece ser una rutina que se visita periódicamente para “cumplir”. No es un proyecto independiente, ni una sola clase que complementa el currículo. STEM, en su esencia, es una mentalidad y un método de práctica para resolver problemas. Es un enfoque que ve la ciencia, la tecnología, la ingeniería y las matemáticas no como separadas, sino como partes de la misma maquinaria que prepara a los estudiantes para un mundo que avanza más rápido que nunca y que está cambiando todo el tiempo, tanto en ritmo o complejidad como en profundidad creativa.
El desafío es traducir esa idea en acción. La enseñanza tradicional, en la que el estudiante abre la “llave” del conocimiento y lo asimila pasivamente, ya no atiende completamente a las necesidades actuales. Los niños y jóvenes de hoy necesitan espacios para construir, cometer errores, intentarlo de nuevo, rediseñar, colaborar con un equipo, descubrir por sí mismos. Es allí donde un proceso STEM comienza a formarse y sumarse. Ese es el Principio de Ingeniería de Diseño.
Por eso es importante discutir los espacios de creación. No solo otra tendencia, sino espacios vivos, que pueden funcionar como taller, laboratorio, estudio y lugar de encuentro al mismo tiempo. Donde los estudiantes pueden pensar, diseñar, imprimir, programar, desmantelar y reconstruir. Espacios donde la creatividad ya no es un concepto, sino que se convierte en algo en lo que se participa diariamente. En estos entornos, los errores no se castigan, sino que se consideran parte del aprendizaje.
En nuestro colegio estamos labrando ese terreno paso a paso. Cuando usamos el green screen en el noticiero escolar, no se trata solo de grabar un video. Estamos abriendo la puerta a la producción audiovisual, a la narrativa digital y al desarrollo del pensamiento visual. De la misma manera, las clases de robótica se convierten en una oportunidad para que los estudiantes comprendan cómo la programación, los sensores y el diseño pueden integrarse para dar respuesta a problemas concretos.
Estos ejemplos STEM son los primeros trazos de un camino que estamos construyendo con intención y convicción. Son semillas que, con el cuidado adecuado, pueden dar lugar a una cultura escolar donde la curiosidad, la experimentación y el pensamiento crítico estén en el centro del aprendizaje.
Así, la pregunta deja de ser “¿qué es STEM?” y se transforma en algo mucho más profundo: “¿qué tipo de colegio necesitan hoy nuestros estudiantes?”. Y en esa reflexión aparece una certeza clara: STEM no es una moda pasajera, sino una apuesta por una educación que conecta la curiosidad con el propósito, el conocimiento con la acción y la colegio con el mundo real.
Porque sí, nos hablan mucho de STEM, pero aquí estamos empezando a construir, con hechos y no solo con palabras, cómo se ve de verdad.